domingo, 15 de marzo de 2015

AVALANCHA

En la profundidad del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí yace un verano invencible. Esta reflexión se introdujo en mi mente la noche más fría del más frío enero que jamás hubiera conocido.

Me hallaba sola en la casa del pueblo, hacía ya más de dos meses que no pasábamos allí un fin de semana, desde que terminó el buen tiempo a finales de septiembre. Este fin de semana, yo no deseaba ir, pero al final me  dejé convencer.

Andrés y los niños habían ido al pueblo a por los víveres necesarios. Solemos traerlos desde la ciudad donde hay de todo, pero esta vez veníamos a tope con el coche lleno de trastos, ya se sabe que cuando se viaja con niños… Además, queríamos intentar esquiar porque a estas fechas siempre hay algo de nieve. La casa está justo en la ladera de la montaña y nada más llegar, pensé qué suerte tener un nevero tan cerca, justo sobre la casa.

Hacía poco más de una hora que me había quedado sola en casa cuando ocurrió todo.

Un horrible ruido parecido a truenos encadenados producidos aquí mismo sobre el techo de la casa, sonó a la vez que una especie de terrible terremoto removió los cimientos, el tejado y todas las paredes. Recordé aquellos pequeños cursillos de supervivencia en los que apenas prestábamos atención por la inconsciencia de nuestros años jóvenes y porque pensábamos entonces que sería muy improbable vernos en una situación extrema de tal naturaleza que nos llevase a hacer uso de aquellas enseñanzas.

Corrí a refugiarme bajo el marco de la puerta más cercana, fueron unos segundos o quizá algo más, perdí un poco la noción de todo a causa del miedo. Tenía ganas de orinar y terminé mojada, acurrucada y arrastrándome bajo una mesa.

No estaba segura de qué había ocurrido, hasta que miré por la ventana de la parte delantera de la casa y no pude ver absolutamente nada.

Me costó un rato entender que estaba allí atrapada bajo una avalancha.

Recorrí todas las ventanas, una por una. La de la parte de atrás habían estallado los cristales y la nieve penetraba en la casa hasta el centro de la cocina. Las ventanas que permanecían enteras, crujían haciendo unos ruidos capaces de producir en mí un pánico indescriptible.

Enseguida pensé en mis hijos, en mi marido, en lo afortunados que habían sido de no vivir aquella infernal pesadilla y por ello di gracias a Dios.

Los crujidos de ventanas me impedían todo pensamiento positivo, pero aun así… Intenté mantenerme lo más esperanzada posible.

Tomé una pala e intenté despejar de nieve la cocina, pero cada palada que retiraba servía de ventaja a la nieve para colarse mejor en mi cocina.

Desistí y decidí que ya estaba muerta o me quedaría poco. Cada vez que me sobrevenían estos pensamientos, volvía a dar gracias por mis hijos y por mi esposo, en lo feliz que debía estar por ellos, pensaba en lo terrible que podría haber sido tenerles conmigo en esta aterradora situación.

Decidí entonces que debía vivir, mantenerme fuerte, resistir a la adversidad de la forma más positiva posible. Entré en la habitación principal y cogí las mantas de la cama, me envolví en ellas tomando como fortín el cuarto trastero sito en medio del pasillo.

Allí me encontró tres días más tarde el equipo de salvamento después de que hubieran estallado todas las ventanas y ahora sé que estoy a salvo gracias a mi pensamiento positivo, y al amor de mi esposo y de mis  preciosos niños. Os amo.
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